Entras y puedes empezar con una broma. Preguntar por ejemplo por i me mine, las puertas de la percepción o castillo interior. O, según tu preferencia, no decir nada: entrar con ojos semicerrados y una mirada que no va sino al frente y que parte desde los hombros. Siempre cuida, siempre cautela, siempre actúa. No vigiles a tu vigía. Puedes preguntar por la sección esotérica o por la de ensayo, la de historia, la de poesía. Para ti son la misma. Estás interesadα, estás en el juego. Matices te atraen, buscas el índice de un libro, saltas de uno a otro. Dejas que se cuezan a su tiempo los títulos de los apartados mientras tu mirada traspasa el tejido del papel en busca de la posible alarma, ese circuito electromagnético autoadhesivo. Pueden rastrear dónde posas tus ojos. No tus oídos.
—¿Viste el episodio?
—Sí, da pena lo mala que se ha puesto este año. Y va a volver a hiatus parece.
—Mm.
Es que a qué dibujante se le ocurre hacer cuarenta capítulos de un rōnin cultivando la tierra, y justo después de lo buena que estuvo la masacre del clan Yoshioka… si se entiende que cultivar la tierra y vencer la naturaleza y el arroz la plaga y todo eso, pero no necesitas cuarenta capítulos mi hermano, con diez bastaba, con tres o cuatro ya bastaba. Si ya podríamos haber llegado al duelo de la isla Ganryū en vez de estar medio muerta la cosa y nosotros esperando el final.
Todo se trata de ser imperceptible, un fantasma, un disfraz sin nada adentro. Hay un juego de uñas contra plásticos y otro juego de ojos contra líneas móviles, cuerpos que pasean por entre los estantes. Tú sabes que es una farsa, que todos fingen que no fingen mientras tú finges que finges que no finges. Entonces sólo tú estás ahí, involucradα, sólo tú mueves tus dedos y tus cejas, sólo tú haces muecas y juegas a que escondes una verdad tras tu pelo y tus ropas. Sabes que es un chiste, que nunca fue un asunto serio.
—Ariadna, ¿podrías atender al caballero por favor?
En ese momento el asunto es el qué. El qué de todo esto elijo para representarme, cuál estas mentiras hago mi mentira. Mi me mi mentira. Así, sabes bien, no están hablando de ti. No mires más que cuando es natural. Si no crees en la Naturaleza, está bien no mirar. Están distraídos, fantasean una vida entera dentro de una sombra. No temas. No están ahí. Se irán en cuanto así les dicte el reloj. Cada loco con su yo. Y tú con ellos. Tus manos libres.
—¿Busca algo en particular?
—Sí, sabe, ando buscando uno de de un alemán, Iván Illich se llama, era teólogo y filósofo él, sabe.
—¡O! ¡Tolstoi! ¡La muerte de Iván Illich! Se lo traigo en seguida, lo tenemos en varias editoriales seguramente.
—No, no, no, que el autor se llama Iván Illich le digo. Óigame, checo me parece que era. Cristiano, ¿me entiende?
—Discúlpeme, disculpe, es que necesito saber yo, ¿cómo puede ser que vendan discos y no tengan un equipo para escucharlos? Si son discos usados, mire, no están sellados ni nada… si van a vender discos viejos lo mínimo es poder escucharlos en vez de esa cosa con sabor a chicle que sacan de la red, y le iría harto mejor a su librería fijensé.
Disco. ¿Que no hay disco? Si aquí está el disco. Cada uno de nosotros es el disco. Sonido
es textura de disco, Disco
el mapa de la montaña.
Todo se trata de un juego de velocidades. Marcas en el tiempo más o menos fuertes según la velocidad a que se impriman. Mantente atentα. Nada en la corriente rápida. En combate, pensar es morir. Planea tu escape, prepara tus herramientas. Color es longitud. Cuando todo eso es muy rápido, allí, adviene el Rayo. Lejanía es gravedad.
Esa la tengo que ver. Feas las poleras. Da risa la Evelyn. ¿Cuántos cigarros? Ese disco es muy bueno. ¿Dos mil quince y todavía hay gente que se cree artista tomando fotos en blanco y negro? 7%. Tres. Pasar a comprar. ¿Querrán hacer algo en la noche las chiquillas? En una hora y media cerramos. 6%. Pelao.
—Buenas tardes. ¿Qué lleva?
—Estos dos. En papel de regalo por favor.
—Cómo no. Quince mil nueve ochenta y un pesos, ¿cómo cancela?
El libro va en diagonal. Una esquina encima. La otra esquina. Cierra perfectamente formando cuatro triángulos. Sujetar con una cinta. Dar vuelta el paquete, otra cinta.
Romper la alarma es lo más fácil, sólo actúa. Que lees, que buscas, que estás perdidα; encuentras el punto ciego; incrustas el dedo atrás. Como el vigía de un submarino en expedición conecta su ojo al periscopio de la oceánica quimera, con tal ceremonia encajas la uña en sello electromagnético. Se recomienda una uña en forma de ojiva cuyas líneas paralelas sobresalgan a la carne por dos o tres milímetros. Le rompes una esquina, con eso basta. Con un giro de muñeca resulta fácil. Si te acomoda más, hazlo escondidα, estiradas bajo el estante tus manos cuyo gesto, para el ojo rondante, se indistinga del de alcanzar un libro nuevo.
¿Cómo es que funciona esto? Yo aprieto el botón y el disco gira, verdad? Claro, claro, gira. El disco gira. Claro que gira. Siempre ha girado. Desde que es disco que gira. Es la espiral, la espiral misma. Sin interrupción. Fluye desde la punta enredada hasta el borde abismal. El centro del disco, es decir mi ombligo, el Cielo. Luego, entre piedras y yerbajos funde la nube, hace disco, vertiente. Yerra picada frenesí vierte piedra en piedra vierte. Aire frío choca piedra. Gota rueda sobre una gota más grande o, superficie. Agua raya piedra. Piedra hiere viento sangra. Nube a fuente. Ese es el disco, ese oyes. Choques, chirridos. ¿Oyes? La oigo rugir, ladrar. Oyes sus granos. Los escondites y pasadizos de la ruina. La hendidura en el mural de ladrillo. Así dictaron los astros en su asamblea. La primera espiral, la espiral eterna. El desierto en un disco, o bien, mi intestino. No hay arena sin viento. ¿Buscas algo? Miro el agua. Que corra el agua. ¿Quién es el agua?
Recuerda: eres invisible. Si tienes el valor, sal con tu libro en la mano. Leyéndolo, mirando la contraportada. Es tuyo. Tu fruslería es fuerte arma, guarda mi palabra. Si prefieres, escóndelo —no es necesario. Que no te vean, sólo eso. Si te calma, si te sientes observadα, pregunta por un precio. Encuentra el momento para salir. Tras la gente que entra suele funcionar. Los demás saldremos contigo. Somos eco. Somos el susurro. Somos el cuero grueso de la invisibilidad.
—¿Ochenta y un?
—La propina.
Mis pies. Las luces.
Y sabes que entraste. Que estás ahí. Eres el agrimensor. Caminas la acera brumosa, tú, tú caminas y las corrientes te golpean la cara, cruzan el vapor de tu aliento y bailan huidas, se enroscan como caracoles en el peñasco y carroñeras taladran el monte en descenso hasta su presa. Nunca confíes. Sigue el juego. Vas a ganar pero ganar no es gratuito. No juegues en serio, juega a mejorar. Si algo es claro, es que mejoramos más rápido que ellos. Que podemos más que ellos. Estamos interesadαs.
—Jorge ¿no te pasa a veces mientras escuchas una canción que te pones a cantar otra? Rara la cosa, yo pensaba que se trataba de relajarse y robar tiempo de vuelta.
Todo se trata de patrones. De cuánta concentración de eso hay en un área indeterminada de espacio. Irradiación de eso. De las posibles combinaciones surgen líneas y figuras, que de tanto repetirse se repiten cada vez más, y así cobran nitidez. Siempre con variaciones. A veces se hacen tan firmes que dan la impresión de algo concreto. Siempre se derriten con el gesto de hacerlas rodar. Se observa en las dos imágenes que comprime un cristal. En las cunas cóncavas de las puntas de tus dedos. Se observa en las letras de tinta impresas en el papel. Dibujos de una lengua negra en un paladar blanco. Unα mira, unα lee, unα mueve la lengua. Juego de combinaciones de tantas unidades sobre dos ejes dobles. Reflejo y transparencia. Simultáneas. No es distinto de un toronjil que través castillos, canales y puentes se inyecta el sol en la clorofila. Luego tú le robas la hoja, la hierves y te la bebes por tu membrana para calmarte el dolor de la ciudad en tu cabeza.
Infierno son las flores y hojas que sazonan el disco. Profundidades, olas quietas. Adornos codifican el bosque, así también placer. Huelo. Infierno armonioso, dulce infierno. La aguja, mi uña y la mirada, el tiempo. El nido. Los surcos, o mi piel, la Estigia, hirviente. Se trata de la tierra. El castigo. Tierra húmeda. Leo el sacro sexo expuesto en sus pistilos. Anélidos comimos la fruta. Escalofrío calma. Perduro. Soy el fragor inevitable. La música imbatible.
Tú estás ahí, tú eres eso. Decides el momento apropiado, sales, con tu libro en tu mano o en tu chaqueta, pegado a presión entre tu mochila y tu espalda o escondido adelante o atrás de un muslo en el punto ciego de tu presa, de cualquier modo, tú sales y por fin miras el cielo. Miras las nubes hacerse y rehacerse o ves las gotas de lluvia estallar el cemento y acompañar tu caminata los innúmeros espectros que rueda a rueda guían los focos del tránsito. O saboreas los últimos rayos de rosa opaco o te bañas en el azul interminable y diriges tu barcaza por una entre tantas hebras de seda en el paño de trazos brillantes y flores persas. La potencia de una onda para transitar otra onda. Eso eres, tú estás ahí. De cima a cima, de valle a valle. Tus dedos levantados, tus manos estiradas, en paralelo al suelo. Gotas de agua o de sudor calan y escapan tu piel. Por un segundo olvidas tu brebaje que te enseña a respirar y vuelves, vuelves de nuevo a los rectángulos hechos por cuadrados conectados por rectángulos y te preguntas cómo a la gente no se le cae la risa de los pelos de vivir en cuadrados con más cuadrados para desplazarse entre cuadrados. Con o sin tubo de escape. Tú caminas. Tienes el honor de cruzarte un árbol vigoroso, bien enchufado al cielo y a la tierra. Cuentas sus vástagos y otra vez estás ahí y le ofreces tus respetos. Tú eres eso. Hojas friegan la tormenta y entre un párpado que se abre o se cierra reúnes tus manos y agradeces. A ellos, los que, escondidos, alimentan las cosechas.
¿Pero por qué serpentean tanto las calles? Quién fue que vino esta tarde. Intuyes el brillo de la media luna.
2019, santiago
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